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24 noviembre 2010

LA OTRA MÚSICA DE MI VIDA (VII)

Con todo el cariño de que soy capaz, a mi querido Juan de Yepes Álvarez, en su día.

Aquella eterna fuente está escondida,

Qué bien sé yo do tiene su manida.

Aunque es de noche.

Su origen no lo sé, pues no le tiene,

Mas sé que todo origen de ella viene,

Aunque es de noche.

Sé que no puede ser cosa tan bella.

Y que cielos y tierra beben de ella,

Aunque es de noche.

Sé ser tan caudalosas sus corrientes,

Que infiernos, cielos riegan, y a las gentes,

Aunque es de noche.

El corriente que nace de esta fuente

Bien sé que es tan capaz y tan potente,

Aunque es de noche.

Aquesta viva fuente, que yo deseo,

En este pan de vida yo la veo,

Aunque es de noche.

29 junio 2010

QUESTIONES SUPER ECCLESIA CHRISTI - TERTIA

En esta entrada se analizará, aprovechando que hoy es el tercer aniversario de su publicación, la tercera de las cuatro preguntas a las que dio respuesta la Congregación para la Doctrina de la Fe en un documento titulado precisamente "Questiones super Ecclesia Christi" al que en el último año se ha venido prestando atención en esta serie del blog. Empecemos por reproducir esa tercera pregunta y su correspondiente respuesta:
"
RESPUESTAS A ALGUNAS PREGUNTAS ACERCA DE CIERTOS ASPECTOS DE LA DOCTRINA SOBRE LA IGLESIA
[…]

Tercera pregunta: ¿Por qué se usa [en la Lumen Gentium, al referirse a la relación entre "Iglesia de Cristo" e "Iglesia católica"] la expresión "subsiste en ella" y no sencillamente la forma verbal "es"?

Respuesta: El uso de esta expresión, que indica la plena identidad entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia católica, no cambia la doctrina sobre la Iglesia. La verdadera razón por la cual ha sido usada es que expresa más claramente el hecho de que fuera de la Iglesia se encuentran «muchos elementos de santificación y de verdad que, como dones propios de la Iglesia de Cristo, inducen hacia la unidad católica»[11].

«Por consiguiente, aunque creamos que las Iglesias y comunidades separadas tienen sus defectos, no están desprovistas de sentido y de valor en el misterio de la salvación, porque el Espíritu de Cristo no ha rehusado servirse de ellas como medios de salvación, cuya virtud deriva de la misma plenitud de la gracia y de la verdad que se confió a la Iglesia»[12]."

Parece, así pues, que el Concilio prefirió el subsiste al es para mostrar más claramente que fuera de la Iglesia de Cristo -o sea: la Iglesia Católica, Apostólica y Romana- abundan los dones que son propios precisamente de la Iglesia de Cristo. La Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe reitera en este responsum lo que el Concilio ya nos enseñó en la Lumen Gentium: que hay muchos "elementos" de santificación y de verdad que son dones propios de la Iglesia de Cristo, pero que están fuera de la Iglesia de Cristo.

Se nos pone aquí frente a la novedosa idea de los elementa ecclesialia, que el Concilio introdujo con un propósito inequívocamente ecuménico pero que, al menos desde la perspectiva de quien es lego en eclesiología, resulta muy difícil de comprender. En efecto, aun respetando completamente el magisterio conciliar, cuesta adivinar cuáles son esos "elementos de salvación y de verdad" cuya virtud deriva nada menos que de la misma plenitud de gracia y de verdad confiada a la Iglesia. Además ha de tenerse presente que estos elementos abundan ("muchos") fuera de la Iglesia. Resulta además que la presencia de estos elementos es consecuencia o manifestación del hecho misterioso, inexplicable desde el punto de vista humano, de que el Espíritu Santo haya querido servirse como medios de salvación de ciertas iglesias particulares que niegan la autoridad de Pedro, o incluso de organizaciones o comunidades religiosas que se dicen cristianas pero que enseñan y difunden graves errores contrarios a la verdad confiada a los Apóstoles.

Especialmente difícil de aceptar resulta esto último porque, aunque como sujetos racionales para los que la comprensión de los misterios de la Fe es posible probablemente sólo en la cortísima medida en que nuestros pecados no nos velen el entendimiento, parece que si aceptamos que en la historia de la redención humana han tenido valor y significado salvíficos las iglesias y comunidades cristianas que se han opuesto empecinadamente a determinadas verdades de la Fe, tendríamos que concluir que quienes de uno u otro modo han combatido y combaten a la Iglesia de Cristo -inseparablemente entendida a la vez como Su Cuerpo Místico y como una sociedad humana- han obrado con su pugna la salvación de muchas almas. Y esto resulta casi imposible de aceptar desde un punto de vista humano sin grave peligro de caer en el indiferentismo.

Consideración aparte merece el hecho de que el Concilio enseñe con toda claridad que esos elementa ecclesialia que se encuentran fuera de la Iglesia inducen a la unidad católica que profesamos al decir "Credo in unam, ..." Debería reflexionarse sobre esto porque parece demasiado simplista afirmar que sirve al objetivo de conseguir su integración en la Iglesia de Cristo, o sea: en la Iglesia Católica, el que algunas comunidades heréticas sostengan algunas, aun muchas, verdades de la Fe. Como, de igual modo, resulta en exceso voluntarista afirmar que las iglesias cismáticas que se desgajaron del tronco de la Iglesia universal hace mil años se ven impulsadas a reintegrarse a la unidad católica, esto es: a reconocer la suprema autoridad del Romano Pontífice, por el hecho -de otra parte trascendental- de que conservan sacramentos válidos y la mayor parte del depósito de la Fe.

Consciente de su cortedad, su falta de Fe y su sobra de pecado, tentado se encuentra el que suscribe de no rematar la faena de analizar las cuatro "questiones" y sus "responsa." El Espíritu le empuja, sin embargo, a seguir dando la matraca con este asunto, así es que el amable lector hará bien en temerse una próxima entrada de esta serie del blog.

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[11] Cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, 8.2.

[12] Cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio, 3.4; 3.5; 4.6.

18 enero 2010

EL PAPA EN LA SINAGOGA

Ayer Domingo, fiesta de San Antonio Abad, el Papa Benedicto XVI visitó la sinagoga de Roma. Fue una visita en la línea de la del Venerable Juan Pablo II al mismo lugar hace ya más de veinte años. Una visita en la que -siguiendo las directrices de la declaración Nostra Aetate del Concilio Vaticano II- el Papa resaltó con gran humildad, caridad y elegancia todas aquellas cosas que unen a cristianos y judíos.

El discurso pontificio con esa ocasión, tras un amplísimo y sincero reconocimiento de lo que los cristianos europeos hicimos a los judíos el siglo pasado -y específicamente de lo que les hicieron los compatriotas del Papa- estableció un vínculo, nada intrascendente desde el punto de vista diplomático, entre la práctica actual de la religión judía y las complejísimas circunstancias de los Santos Lugares y pasó -en tono ya abiertamente teológico- a considerar cuántas realidades espirituales comparten hoy quienes practican una u otra religión.

Un análisis de los diez mandamientos sirvió para llevar al Santo Padre a señalar específicamente tres áreas en las que la colaboración entre judíos y cristianos puede y debe ser más intensa y fructífera: el reconocimiento del único Dios frente a los modernos becerros de oro, el compromiso en la protección de la vida humana y la defensa de la santidad de la familia.

Hubo, sin embargo, una concreta referencia en el -por otra parte muy hermoso- discurso de ayer que planteó alguna dificultad al que suscribe. El desconcierto que a éste le producen ésa y otras declaraciones papales en la misma dirección justifica posiblemente el atrevimiento ignorante de preguntar en voz alta por todo esto.

Esta es, en cuestión, la cita del dicurso papal que se quiere considerar:
"Los cristianos y los judios tienen una gran parte de su patrimonio espiritual en común: oran al mismo Señor, tienen las mismas raíces y sin embargo siguen siendo frecuentemente unos desconocidos los unos para los otros. Es nuestro deber, [...]"
Si el Papa lo dice, sin duda será que los cristianos y los judíos compartimos un mismo Señor -o sea: un mismo Dios-, pero alguien sigue por aquí sin enterarse de qué argumentos ha de oponer a los que torpemente esgrimió hace ya unos meses
aquí cuando intentó explicar por qué cree que al orar como cristiano no se dirige al mismo Señor que los judíos.

Quizá alguien le ayude.

14 enero 2010

QUESTIONES SUPER ECCLESIA CHRISTI - SECUNDA

De las cuatro preguntas con sus respuestas que la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó en un documento de hace dos años y que venimos analizando en esta serie de entradas del blog se prestará atención hoy a la segunda, que a continuación se reproduce:
"
RESPUESTAS A ALGUNAS PREGUNTAS ACERCA DE CIERTOS ASPECTOS DE LA DOCTRINA SOBRE LA IGLESIA
[…]

Segunda pregunta: ¿Cómo se debe entender la afirmación según la cual la Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia católica?

Respuesta: Cristo «ha constituido en la tierra» una sola Iglesia y la ha instituido desde su origen como «comunidad visible y espiritual»[5]. Ella continuará existiendo en el curso de la historia y solamente en ella han permanecido y permanecerán todos los elementos instituidos por Cristo mismo [6]. «Esta es la única Iglesia de Cristo, que en el Símbolo confesamos una, santa, católica y apostólica […]. Esta Iglesia, constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él» [7].

En la Constitución dogmática Lumen gentium la subsistencia es esta perenne continuidad histórica y la permanencia de todos los elementos instituidos por Cristo en la Iglesia católica [8], en la cual, concretamente, se encuentra la Iglesia de Cristo en esta tierra.

Aunque se puede afirmar rectamente, según la doctrina católica, que la Iglesia de Cristo está presente y operante en las Iglesias y en las Comunidades eclesiales que aún no están en plena comunión con la Iglesia católica, gracias a los elementos de santificación y verdad presentes en ellas [9], el término "subsiste" es atribuido exclusivamente a la Iglesia católica, ya que se refiere precisamente a la nota de la unidad profesada en los símbolos de la fe (Creo en la Iglesia "una"); y esta Iglesia "una" subsiste en la Iglesia católica [10]. […]”

Esta respuesta, que sigue a la que explícitamente afirma que tras el Concilio Vaticano II no ha cambiado nada de la doctrina sobre la Iglesia, sino que en los documentos conciliares simplemente se ha desarrollado, profundizado y expuesto con más claridad cuanto la Iglesia ha venido enseñando sobre sí misma en los últimos dos mil años, se nos presenta como una afirmación tranquilizadora, pero plantea en realidad una cuestión problemática:

Por un lado, cuando con cita entrecomillada de la Lumen gentium se nos dice que Cristo «ha constituido en la tierra» una sola Iglesia y la ha instituido desde su origen como una «comunidad visible y espiritual», con toda claridad se nos reitera lo que efectivamente se ha enseñado siempre: que fue voluntad de su Divino Fundador que la herramienta de salvación por él instituida, Su Iglesia, fuese simultáneamente una realidad espiritual consistente en ser el Cuerpo Místico de la segunda persona de la Santísima Trinidad y una realidad material: una sociedad humana dotada de un orden y un gobierno.

A continuación se nos dice -esto es pura novedad conciliar- que esta Iglesia, la Iglesia de Cristo, está presente y operante en las iglesias y comunidades eclesiales que aún no están en plena comunión con la Iglesia católica. ¿Debemos concluir entonces que la Iglesia material, visible en este mundo como una sociedad gobernada por el Papa y por los obispos que le están sometidos, formada por seres humanos y ordenada jerárquicamente, no coincide exacta y exclusivamente con la realidad espiritual de la que hablamos cuando nos referimos a la Iglesia espiritual, al Cuerpo Místico de Cristo?

El magisterio siempre ha enseñado que la Iglesia material –la sociedad humana visible dotada de un gobierno monárquico absoluto- y la Iglesia espiritual –el Cuerpo Místico de Cristo- son ambas las misma y una sola cosa: la Iglesia de Cristo. Esta creencia, firmemente asentada en el depósito de la Fe, es la que justifica que durante dos mil años los cristianos nos hayamos dedicado con igual convencimiento a predicar a Cristo a quienes nunca lo conocieron y a pretender que quienes siendo cristianos no forman parte de la Iglesia volviesen a su seno o entrasen en él por primera vez. Y esto principalmente para evitar que quienes permaneciesen alejados culposamente de la Iglesia pudieran poner en peligro la salvación de su alma.

¿Cómo puede entonces afirmarse, como hace el Concilio Vaticano II, que la Iglesia de Cristo está presente en las sectas cismáticas o heréticas desgajadas del gobierno y la ordenación visibles que el mismo Jesús quiso que tuviera su Iglesia? ¿Qué tipo de presencia es esa?

La segunda idea que completa el panorama es la idea de subsistencia. ¿No abre esto la puerta a la idea -ciertamente problemática- de que la Iglesia de Cristo está presente en las sectas, aunque no "subsiste" en ellas? Porque esto significaría que la Iglesia de Cristo no logra su perfección y plenitud en ellas, pero está sin embargo, presente ahí según afirma una doctrina explícitamente declarada por el Papa cuando era cardenal Ratzinger en su "Communio" de 1992 y en "Dominus Jesus" de 2000.

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[5] Cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, 8.1.

[6] Cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio, 3.2; 3.4; 3.5; 4.6.

[7] Cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, 8.2

[8] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Mysterium Ecclesiæ, 1.1: AAS 65 [1973] 397; Declaración Dominus Iesus, 16.3: AAS 92 [2000-II] 757-758; Notificación sobre el volumen «Iglesia: Carisma y poder», del P. Leonardo Boff, O.F.M.: AAS 77 [1985] 758-759.

[9] Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Ut unum sint, 11.3: AAS 87 [1995-II] 928.

[10] Cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, 8.2.

15 agosto 2009

EN CUERPO Y ALMA

El Padre Juan Aragonés, de las Escuelas Pías, no se anduvo aquella mañana con rodeos ante el grupo de pequeños catecúmenos: el cuerpo de la Virgen María no estaba en ninguna tumba. Cuando el Señor lo dispuso, cargada de años y de amor por los apóstoles y por todos nosotros, la Madre de Dios más que morirse se durmió plácidamente y los ángeles la llevaron al Cielo en cuerpo y alma. Parece que otros ángeles que estaban allí arriba esperándola se alegraron tanto al verla que formaron un gran alboroto -es sabido que las criaturas angélicas son dadas a este tipo de manifestaciones en las ocasiones señaladas- y por eso, para unir nuestra alegría a la del Cielo, cuando llegaba el quince de agosto, íbamos de jira al campo, se corrían toros, tirábamos cohetes, cantábamos y bailábamos. Lo había dicho el Papa y era obligatorio creérselo. Lo de la Virgen solamente. Lo de los toros y la fiesta era opcional.

- ¿En cuerpo y alma, Padre?

- Sí, eso: en cuerpo y alma.

- ¿Y los ángeles se la llevaron al Cielo?

Aquel benemérito Padre, bien metido ya por entonces en la sesentena y obviamente ajeno al vendaval postconciliar -corría marzo de 1974-, se caracterizaba por una gran expresividad facial, circunstancia que había llevado a sus alumnos a desarrollar una extraordinaria capacidad: predecir el humor del reverendo por mera atención al modo en que fruncía el ceño. Básicamente, y aunque desde luego había matices, se había constatado de modo empírico que la probabilidad de recibir un cachete era inversamente proporcional a la distancia entre las cejas del escolapio. Así es que aquel día, después de ver cómo la pregunta de Escudero hacía que el barómetro ciliar del Padre Aragonés anunciase borrasca, todos pensamos que no tenía sentido ahondar en un asunto que, por lo demás -verbenas, cohetes y toros incluidos- había quedado ya perfectamente claro.

-Pero... ¿por qué no iba a estar la Virgen en la tumba esperando a resucitar como todos los demás?

La pregunta hendió el aire del aula pequeña del cuarto piso, la que estaba frente a la clausura de los Padres. Todos los niños pensaron entonces que uno de ellos tenía auténtica vocación de mártir. Escudero se había adentrado en las aguas más procelosas que tenía el océano catequético: hacer preguntas difíciles y encima en tono chulesco. Las aguas de ese mar, especialmente a menos de dos meses de tomar la Primera Comunión, eran difíciles de navegar sin que una o dos olas acabasen por golpearle a uno el velamen.

-Ya verás tú la que le cae- le susurró divertido un catecúmeno pequeñito a otro un poco cabezón que estaba sentado al lado del de la pregunta difícil.

Entonces ocurrió el milagro.

El Padre Juan Aragonés levantó su pesada humanidad de la silla, se sacudió el hábito un poco gastado que llevaba, miró al niño de la pregunta, se aproximó decididamente a él y, en lugar de arrearle una colleja como esperaba todo el mundo, le puso la mano en la cabeza.

-A ver, niño. Porque la Virgen María tiene a Dios por Hijo y del mismo modo que Éste quiso que el nacimiento de la que iba a ser su Madre fuera distinto del de los demás hombres y mujeres, también quiso que su marcha de este mundo fuera especial, y así además pudo tenerla antes a su lado en la Gloria... ¿no te parece natural eso? ¿No harías tú lo mismo con tu mamá si pudieras, darle lo mejor, lo más hermoso, y tenerla junto a ti la mayor parte del tiempo?

Entonces, al de la pregunta difícil se le arrasaron los ojos y no atinaba a responder nada. Pasó un rato sin que se oyeran más que los jipidos del pequeño, hasta que súbitamente el rostro del padre Juan Aragonés cambió la expresión de desconcierto por otra que no le habíamos visto nunca. Con gran esfuerzo se puso en cuclillas, le plantó las dos manazas al chico sobre los hombros y por un momento pareció que iba a decirle algo. Pero tampoco él pudo hablar. Le temblaba la papada y tenía húmedos los ojos pequeñitos y azules con que nos miraba fijamente para hacernos callar en clase.

Pasó un instante y entonces, sin llorar nada, con una voz que parecía de mayor, habló el chaval.

-Si yo pudiera, Padre, tendría siempre a mi madre a mi lado… y recalcó muy despacito: …en cuerpo y alma.

El Padre Juan no dijo nada, se puso en pie, se sonó muy fuerte, sacó de los bolsillos del hábito dos puñados de nueces, higos secos y orejones -manjares que dosificaba sabiamente entre quienes respondían bien las preguntas del catecismo- y los dejó sobre la mesa del profesor para que antes de salir al patio tomásemos de allí lo que más nos apeteciera. La clase de catequesis terminó aquel día muy pronto.

Yo me acordé después, en el patio, de que el año anterior habíamos ido todos a misa porque a Escudero, el de la pregunta difícil, se le había muerto la madre.

29 junio 2009

QUAESTIONES SUPER ECCLESIA CHRISTI - PRIMA

Hoy, fiesta de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, hace exactamente dos años que la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó un documento con cuatro respuestas a otras tantas preguntas básicas en materia de Eclesiología.

Tan básicas son las preguntas y tan evidentes las respuestas que uno se pregunta cómo es posible que cuarenta años después de su solemne promulgación, todavía sea necesario interpretar los documentos conciliares no en el nivel fino reservado a los teólogos, sino en la misma esencia de su contenido.

Lo que está desde luego muy claro es que el lenguaje deliberadamente confuso de algunos de esos documentos del Concilio y el modo en que -sólo Dios sabe por qué- se eligió formular tan ambiguamente algunas verdades de la Fe han sido fuente de muchos y graves errores que quizá estamos todavía pagando.

Del documento de la Congregación, reproduciremos a continuación la introducción y la primera pregunta, con su respuesta, sin atrevernos a añadir nada. Más adelante -en entradas sucesivas- publicaremos las otras preguntas y sus respuestas y quizá, con el atrevimiento del ignorante, algún comentario personal.

RESPUESTAS A ALGUNAS PREGUNTAS ACERCA DE CIERTOS ASPECTOS DE LA DOCTRINA SOBRE LA IGLESIA
Introducción

El Concilio Vaticano II, con la Constitución dogmática Lumen gentium y con los Decretos sobre el Ecumenismo (Unitatis redintegratio) y sobre las Iglesias orientales (Orientalium Ecclesiarum), ha contribuido de manera determinante a una comprensión más profunda de la eclesiología católica. También los Sumos Pontífices han profundizado en este campo y han dado orientaciones prácticas: Pablo VI en la Carta Encíclica Ecclesiam suam (1964) y Juan Pablo II en la Carta Encíclica Ut unum sint (1995).

El sucesivo empeño de los teólogos, orientado a ilustrar mejor los diferentes aspectos de la eclesiología, ha dado lugar al florecimiento de una amplia literatura sobre la materia. La temática, en efecto, se ha mostrado muy fecunda, pero también ha necesitado a veces de puntualizaciones y llamadas de atención, como la Declaración Mysterium Ecclesiæ (1973), la Carta Communionis notio (1992) y la Declaración Dominus Iesus (2000), publicadas todas por la Congregación para la Doctrina de la Fe.

La vastedad del argumento y la novedad de muchos temas siguen provocando la reflexión teológica, la cual ofrece nuevas contribuciones no siempre exentas de interpretaciones erradas, que suscitan perplejidades y dudas, algunas de las cuales han sido sometidas a la atención de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Ésta, presuponiendo la enseñanza global de la doctrina católica sobre la Iglesia, quiere responder precisando el significado auténtico de algunas expresiones eclesiológicas magisteriales que corre el peligro de ser tergiversado en la discusión teológica.

RESPUESTAS A LAS PREGUNTAS

Primera pregunta: ¿El Concilio Ecuménico Vaticano II ha cambiado la precedente doctrina sobre la Iglesia?

Respuesta: El Concilio Ecuménico Vaticano II ni ha querido cambiar la doctrina sobre la Iglesia ni de hecho la ha cambiado, sino que la ha desarrollado, profundizado y expuesto más ampliamente.

Esto fue precisamente lo que afirmó con extrema claridad Juan XXIII al comienzo del Concilio [1], Pablo VI lo reafirmó [2], expresándose con estas palabras en el acto de promulgación de la Constitución Lumen Gentium: «Creemos que el mejor comentario que puede hacerse es decir que esta promulgación verdaderamente no cambia en nada la doctrina tradicional. Lo que Cristo quiere, lo queremos nosotros también. Lo que había, permanece. Lo que la Iglesia ha enseñado a lo largo de los siglos, nosotros lo seguiremos enseñando. Solamente ahora se ha expresado lo que simplemente se vivía; se ha esclarecido lo que estaba incierto; ahora consigue una serena formulación lo que se meditaba, discutía y en parte era controvertido»[3]. Los Obispos repetidamente manifestaron y quisieron actuar esta intención[4]. […]”

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[1] Juan XXIII, Discurso del 11 de octubre de 1962: «… el Concilio… quiere transmitir pura e íntegra la doctrina católica, sin atenuaciones o alteraciones… Sin embargo, en las circunstancias actuales, es nuestro deber que la doctrina cristiana sea por todos acogida en su totalidad, con renovada, serena y tranquila adhesión…; es necesario que el espíritu cristiano, católico y apostólico del mundo entero dé un paso adelante, que la misma doctrina sea conocida de modo más amplio y profundo…; esta doctrina cierta e inmutable, a la cual se le debe un fiel obsequio, tiene que ser explorada y expuesta en el modo que lo exige nuestra época. Una cosa es la sustancia del "depositum fìdei", es decir, de las verdades que contiene nuestra venerada doctrina, y otra la manera como se expresa, siempre, sin embargo, con el mismo sentido y significado»: AAS 54 [1962] 791; 792.

[2] Pablo VI, Discurso del 29 de septiembre de 1963: AAS 55 [1963] 791; 792.

[3] Pablo VI, Discurso del 21 de noviembre de 1964: AAS 56 [1964] 847-851.

[4] El Concilio ha querido expresar la identidad de la Iglesia de Cristo con la Iglesia católica. Esto se encuentra en las discusiones sobre el Decreto Unitatis redintegratio. El Esquema del Decreto fue propuesto en aula el 23/09/1964 con una Relatio (Act. Syn. III/II 296-344). A los modos enviados por los obispos en los meses siguientes el Secretariado para la Unidad de los Cristianos responde el 10/11/1964 (Act. Syn. III/VII 11-49). De esta Expensio modorum se citan cuatro textos concernientes a la primera respuesta:

A) [In Nr. 1 (Prooemium) Schema Decreti: Act Syn III/II 296, 3-6] «Pag. 5, lin. 3 - 6: Videtur etiam Ecclesiam Catholicam inter illas Communiones comprehendi, quod falsum esset. R(espondetur): Hic tantum factum, prout ab omnibus conspicitur, describendum est. Postea clare affirmatur solam Ecclesiam catholicam esse veram Ecclesiam Christi» (Act. Syn. III/VII 12).

B) [In Caput I in genere: Act. Syn. III/II 297-301] «4 - Expressius dicatur unam solam esse veram Ecclesiam Christi; hanc esse Catholicam Apostolicam Romanam; omnes debere inquirere, ut eam cognoscant et ingrediantur ad salutem obtinendam... R(espondetur): In toto textu sufficienter effertur, quod postulatur. Ex altera parte non est tacendum etiam in alliis communitatibus christianis inveniri veritates revelatas et elementa ecclesialia» (Act. Syn. III/VII 15). Cf. también ibidem punto 5.

C) [In Caput I in genere: Act. Syn. III/II 296s] «5 - Clarius dicendum esset veram Ecclesiam esse solam Ecclesiam catholicam romanam... R(espondetur): Textus supponit doctrinam in constitutione ‘De Ecclesia’ expositam, ut pag. 5, lin, 24 - 25 affirmatur" (Act. Syn. III/VII 15). Por lo tanto, la comisión que debía evaluar las enmiendas al Decreto
Unitatis redintegratio expresa con claridad la identidad entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia católica, y su unicidad, y fundada esta doctrina en la Constitución dogmática Lumen gentium.

D) [In Nr. 2 Schema Decreti: Act. Syn. III/II 297s] «Pag. 6, lin, 1 – 24 Clarius exprimatur unicitas Ecclesiæ. Non sufficit inculcare, ut in textu fit, unitatem Ecclesiæ. R(espondetur): a) Ex toto textu clare apparet identificatio Ecclesiæ Christi cum Ecclesia catholica, quamvis, ut oportet, efferantur elementa ecclesialia aliarum communitatum». «Pag. 7, lin.5 Ecclesia a successoribus Apostolorum cum Petri successore capite gubernata (cf. novum textum ad pag. 6. lin.33-34) explicite dicitur ‘unicus Dei grex’ et lin. 13 ‘una et unica Dei Ecclesia’» (Act. Syn. III/VII).
Las dos expresiones citadas son las de Unitatis redintegratio 2.5 y 3.1.

12 marzo 2009

NUESTROS HERMANOS MAYORES

Me gustaría que ni la triste conciencia que tengo del odio abominable con que a lo largo de la historia han sido tratados por casi todos los pueblos de Europa, ni la crueldad indecible de lo que se hizo con ellos -y con otras minorías- en las décadas de 1930 y 1940, ni siquiera la simpatía -o incluso el cariño- que pueda sentir yo por su cultura, me aparten del propósito de esta entrada del blog: hablar de los judíos al hilo de ese epíteto de moda con que muchos pastores se refieren a quienes practican hoy la Ley de Moisés.

Los hermanos tienen al menos un padre en común. Y en el sentido general y más lato del término puede sin duda afirmarse que por ser parte de la bendita Creación de Dios, todos los hombres somos hijos del mismo Padre y por lo mismo hermanos los unos de los otros, sea cual sea nuestra religión, nuestro origen o nuestra condición. Así lo creo yo.

Sin embargo, desde que comenzó a oírse, la expresión "nuestros hermanos mayores" parece emplearse no en ese sentido general, sino con la intención de subrayar -esto, al menos, me parece a mi, que soy un poco borrico- que los cristianos compartimos con los judíos el mismo Dios y Padre, que compartimos, pues, filiación divina. Puedo sin duda estar equivocado, pero eso es lo que cabe entender al oír a personas investidas de gran autoridad llamar "hermanos mayores" a los judíos.

Pero al menos en mi caso, eso no es cierto. Porque yo no creo en el mismo Dios en que creen hoy los judíos. Yo creo en la Trinidad Beatísima. Creo en un solo Dios Padre del único Dios Hijo Redentor del mundo, y creo que Jesús es ese Dios Hijo. Creo además en Dios Espíritu Santo, que procede de Dios Padre y de Dios Hijo y que es asimismo, en unión de Dios Padre y de Dios Hijo, el único Dios verdadero. No creo, no puedo creer, pues, en un Dios que no sea Padre de Jesús, que no sea Jesús mismo.

Pero ése es precisamente el Dios inexistente en el que creen hoy los judíos. No es ni siquiera el Dios del Antiguo Testamento, porque en las obras de Aquél se prefiguraba la verdad que nos fue revelada después. En éste que hoy proponen no hay nada de verdad viva. Si no se me caen las mayúsculas para nombrarlo es porque siento inmenso respeto por la imagen fosilizada de aquella única verdad que los hombres pudieron conocer desde la creación del mundo hasta la venida de Cristo; pero tras la Encarnación, la Pasión y la Resurreción de su hijo Jesús, una vez nos ha sido predicada su palabra, es gravísimo -mortal- error no reconocer que el Dios que libró a Israel de Egipto es el que nos muestra su intimidad redentora a diario en la persona de Jesucristo, su Mesías, y que alienta y vivifica el mundo a través de la persona de su Santo Espíritu, Dios mismo también.

Sólo Dios sabe, aunque a nosotros nos quepa imaginarla, la inmensa tristeza que le produce el modo especial de descreer que tienen los hijos del Pueblo que Él se eligió al principio de los tiempos para darse a conocer a la humanidad. Esa manera especial de apostatar del Mesías y Salvador -el que había de venir- que está reservada sólo a ellos. Esta particular falta de fe tenía un nombre en español. Un nombre que ahora sólo puede oírse en algunos boleros. Y quizá esto sea para bien.

Niego, desde luego, que los judíos cuenten con una vía autónoma -ajena a Cristo- que conduzca a la salvación, como si el Antiguo Testamento estuviese aún en vigor para ellos. Esto es cosa aparentemente definida, al menos, desde el Concilio de Florencia y por otra parte, la lectura de Gal, 5: 2-4 es bien clara. Tampoco Santo Tomás de Aquino parecía tener ninguna duda al respecto (Summa Theol. : Ia IIæ, q. 107, art. 2,) aunque confieso que las finuras del Aquinate no están hechas para una herramienta tan basta como mi cabeza, así es que habrá probablemente quien discrepe de esto último y me lo haga notar.

Por terminar, dejadme que os diga que pienso que la única relación sana que los cristianos podemos tener con los judíos -entiéndaseme: digo desde el punto de vista espiritual- es mostrarles el amor especial y persistente de Dios hacia ellos e intentar con ardor convertirlos a Cristo. El Apostol nos asegura que al final tendremos éxito en ese propósito (Rm 11, 25-32.) Así lo pide, además, la Iglesia cada Viernes Santo.

20 enero 2009

ECUMENISMO CÓSMICO O CÓMO ACABAR CON LA AFICIÓN

Estas cuatro "otoitzak" que van a continuación (signos de puntuación y todo lo demás incluido) están extraídas del "material litúrgico" con que cierta provincia de una congregación religiosa -de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, con Santo fundador y todo- anima a sustituir el "material litúrgico" oficial, o sea: la versión canónicamente aprobada del breviario (que algún cerebro de la congregación debe considerar caduca y digna de periclitar aunque sólo sea por eso: por aprobada oficialmente.)

Otoitza. Oración.

Dios nuestro, Padre, admiramos y comulgamos profundamente el misterio que revela y transpira este Cosmos universal. En Jesús nosotros los cristianos hemos experimentado una densidad mayor de tu presencia, que cada día sentimos ampliarse sin límites, por el despliegue que el Universo realiza ante nosotros, incesantemente. Queremos mantenernos en un silencio contemplativo, de acogida y adhesión, y renovamos nuestra comunión universal, contigo, con nuestros hermanos y con toda la realidad. Como, a su forma, hizo también Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. Por los siglos de los siglos. Amén.

Otoitza. Oración.

Oh Dios, Padre del género humano, que habitas e inhabitas el interior de esta materia espiritual el Universo. Ayúdanos a captar tu inefable mensaje de convergencia universal en el amor, de armonización solidaria en la justicia, y de perenne creatividad evolutiva en la esperanza. Nosotros te lo pedimos inspirados por nuestro hermano Jesús, tu hijo, y por todos los demás mediadores que a través de los tiempos has suscitado en esta humanidad que no cesa de buscarte. Por los siglos de los siglos. Amén.

Otoitza. Oración.

Oh Dios que en todas las religiones has manifestado a los humanos lo que a nosotros nos has revelado más específicamente en Jesús: que el amor y la misericordia son el culto que esperas de nosotros. Te pedimos que todas las religiones de la tierra, todos los pueblos que has ido guiando hacia a ti, demos el paso al diálogo religioso y a comulgar en esa primacía del amor y de la misericordia, por encima de todas las diferencias de doctrinas, dogmas, teologías y leyes de las instituciones religiosas. Te lo pedimos por el amor que has manifestado a todos los pueblos a lo largo de la historia, por los siglos de los siglos.

Otoitza. Oración.

Te invocamos, Fuerza y Misterio del Universo, a quien reconocemos como energía original, Padre, Dios Universal. Nosotros creemos que en Jesús de Nazaret, y en los maestros espirituales de todas las religiones del mundo, Tú has salido al encuentro de la humanidad, para hacernos entrever el misterio inescrutable en que vivimos, nos movemos y hacia el que caminamos. Respetuosos con tu silencio, expresamos nuestro deseo de contribuir a que todo ser humano descubra que Tú eres Vida y nos llamas a la Vida. Te lo expresamos caminando tras los pasos de Jesús de Nazaret, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén

Fascinante, ¿verdad?

Tomemos la primera. Ésta, al menos, parece cristiana Se dirige a un Dios al que llama Padre, reconoce la filiación divina de Cristo, al que pone a nuestro lado como hermano y al que -¡oh, expresividad del alma inspirada!- hace responsable de cierta "mayor densidad" con que venimos percibiendo la presencia divina en los últimos tiempos. Impagable la renovación de la comunión universal con Dios, con los hermanos y con la realidad (esta última muy recomendable para no tragarse una farola al caminar por la calle.) Lo mejor es el final: según nos enseña la oración, todo esto de la comunión universal con Dios, los hermanos y las farolas también lo hizo Jesús... "his way".

La segunda hace palidecer de envidia a la primera. Y es que, aunque ya no es tan claramente cristiana, invoca a una deidad que habita "e inhabita el interior" de una materia espiritual llamada Universo (¿quién dijo que el misticismo y la filosofía están reñidos, eh?) y a la que pide ayuda para poder captar cierto inefable mensaje divino de convergencia en el amor, de armonización en la justicia y de creatividad en la esperanza. Una cosa está clara: el mensaje es inefable. ¿Que de dónde le viene la inspiración al orante? Pues está claro: de los muchos mediadores que Dios ha suscitado a lo largo de la historia de la Humanidad, uno de los cuales fue por cierto su Hijo Jesús.

La tercera, ay, la tercera. Ahí tenemos pan-ecumenismo cósmico en estado puro. Veamos: según la oración Dios habría manifestado a la humanidad en todas la religiones que el culto que Él espera es de amor y misericordia. En todas, oiga, en toditas las religiones de todos los tiempos: Isis, Dionisos, Baal, la serpiente emplumada, Alá, el libro de Mormón, Buda, Zoroastro... el mensaje común a todos es que Dios espera un culto de amor y misericordia. Cierto que a nosotros los cristianos esta revelación se nos ha hecho de un modo más "específico" (la misma que a todos los demás -la revelación, vaya- pero más específicamente.) El resultado es que ahora que somos por fin conscientes de esta verdad universal podemos impetrar de Dios que queden arrumbados de una vez todos los dogmas, las doctrinas, las teologías, las leyes, las instituciones religiosas y otras futesas y que podamos así por fin comulgar todos en la supremacía del amor y la misericordia, que a fin de cuentas es lo que importa.

La cuarta es estupenda: en mi opinión hubiese resultado mucho más expresiva si se hubiese intercalado en la primera frase el nombre de esa fuerza, de ese misterio, de esa energía original, de ese padre y dios universal, o sea: la Pachamama. Menos mal que a continuación ya se nos dice que no es sólo la Pachamama, no. Hay que abrir la mente. De hecho, el orante, reconoce que en los maestros espirituales de toooodas las religiones del mundo se ha manifestado esa energía, ese padre y dios universal, esa fuerza y ese misterio... con el propósito de dejarnos entrever el otro inescrutable. Entrever lo inescrutable. El lenguaje de los místicos es así. Bueno, cuidadito: para que todos reconozcan que esa energía es vida y que llama a la vida, como no quedaba otro remedio, el orante añade que él sigue mansamente los pasos de un maestro espiritual llamado Jesús. En fin.

Seré soberbio y deslenguado, pero no puedo evitar pensar en cuánto mejor nos iría a algunos, ¿a muchos?, si algunos religiosos dedicaran su tiempo a recitar el breviario y a hacer lo que les toca en lugar de descubrir de nuevo a Manitú.